
La sal no es solo un ingrediente esencial en la cocina, sino también un medio de contribuir a la salud del organismo (¡si se toma en las cantidades correctas!). Es un compuesto de cloruro de sodio y de sodio; el sodio que a diario introducimos en el organismo llega por un 90% de la sal.
¿A qué sirve? Promueve el buen funcionamiento de los músculos y los nervios, regula el volumen y la presión arterial, también regula el saldo de los otros fluidos que se encuentran en nuestro cuerpo. El requerimiento diario de sodio se encuentra entre los 180 a 500 mg; el "problema" es preservar el adecuado equilibrio entre el sodio y el potasio: debe mantenerse baja la cantidad del primero (introducido, además del que figura de forma natural en los alimentos), y aumentar la cantidad del segundo (disponible en legumbres, frutos secos, frutas y verduras).
¿Pero hay sólo un tipo de sal?
La sal blanca, refinada, es la más común y se compone casi en su totalidad de cloruro de sodio.
En la sal del mar en vez también hay rastros de yodo, magnesio, zinc, cobre, selenio, litio y otros oligoelementos.
Luego están los granos sal gemas, que llegan a nuestra mesa desde los depósitos minerales se formaron en tiempos prehistóricos, incluyendo la más famosa que es la sal del Himalaya; el color rosado característico y rico en oligoelementos, se recogen a mano y no se someten a ningún tratamiento industrial.
La sal gris Breton es la más pobre de sodio y se produce a lo largo de las costas del Atlántico, en la construcción de barro que se llenan de agua durante la marea alta y luego se dejan evaporar dejando en el suelo la sal de un color grisáceo debido a la tierra arcilla de Bretaña.