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¿Alguna vez te ha parecido que tu cita parecía una entrevista laboral? O, ¿has has estado en una entrevista de trabajo en la que no entendías a qué venían todas esas preguntas?

El que sabe pensar, pero no sabe expresar lo que piensa, está en el mismo nivel que el que no sabe pensar. La comunicación es muy difícil. Hay encuentros, escenas, situaciones que se dan entre dos o más personas en las que cuesta mucho entenderse, es decir, transmitirse mutuamente los mensajes deseados de tal manera que sean procesados como el emisor desea. Al menos que lo sean en una medida razonable. Estos obstáculos se deben a diversas carencias de la comunicación.

«Para comunicarse de manera efectiva, debemos darnos cuenta que todos somos diferentes en la forma en que percibimos el mundo y usar este conocimiento como guía para nuestra comunicación con los demás». Anthony Robbins. Puede que lo que falle sea el idioma, por ejemplo. Ya es difícil comunicarse hablando la misma lengua, así que el reto puede volverse extremo cuando se desconoce el idioma que se habla o que se escucha. Otras veces es el propio entorno, el escenario, lo que dificulta ese procesamiento adecuado de los mensajes que se transmiten: una silla incómoda, ruidos, calor, interrupciones y demás elementos que llamaríamos “extralingüísticos” pueden llegar a ser verdaderos campos de minas para una comunicación fluida.

Tampoco podemos olvidar el papel que juegan los elementos de corte más intrapsíquico, todo aquello que tiene que ver con nuestras capacidades cognitivas, nuestra personalidad, el bienestar que experimentamos ese día, las emociones que en ese momento tenemos más a flor de piel… Si me afloja el autoestima, o me he levantado con mal pie, o soy de naturaleza irascible, entonces iré nervioso a ese encuentro, sentiré en seguida que se me está atacando de alguna manera, malinterpretaré comentarios, me faltará paciencia o, directamente, no me enteraré de nada de lo que me digan.

A todo esto hay que unir una incongruencia en los roles que emisor y receptor juegan en la situación, como en los dos ejemplos que hemos mencionado al principio. Equivocar lo que se espera de uno, o lo que esperamos del otro puede hacer que la escena acabe siendo un acto completamente fallido, es decir, que directamente no haya habido escena.

Está claro que, cuando quedamos con alguien a quien aún no conocemos muy bien pero que nos gusta y con quien nos gustaría seguir intimando, hay que hablar de algo y lo más socorrido siempre es el trabajo. Ahora bien, si tu cita te interroga como si fuera un reclutador y acabas sintiendo que, más que darte a conocer de manera fluida y distendida -todo lo fluida y distendida que puede ser una primera cita-, te ves dando explicaciones sobre tu currículum o ¿peor aún? Recibiéndolas…Es que eso, ni es una cita ni es nada.

No olvides que una cosa es que alguien muestre interés espontáneo y natural en aquello a lo que te dedicas, lo cual puede dar pie a una interesante conversación, y otra cosa es que, detrás de un pretendido interés, haya una pose de condescendencia distante que te escanea para comprobar si estás a su altura.

Por otro lado, puede que alguna vez te presentes a un puesto de trabajo y te veas teniendo que justificar aptitudes y conocimientos que nada tienen que ver con la tarea y que son innecesarios para llevarla a cabo. Para colmo, es probable que nadie te explique a qué vienen todas esas pruebas que no hacen sino ponerte nerviosa y que ni siquiera son interesantes para que te des a conocer mejor.

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