
La coronación del rey Carlos III y su esposa Camila, celebrada el pasado 6 de mayo en la abadía de Westminster, ejemplificó una vez más la maestría con la que el Reino Unido es capaz de organizar eventos multitudinarios a la par que majestuosos, la destreza de los británicos a la hora de proyectar su amor por la tradición y algunos de los símbolos más representativos de su viejo imperio.
La milenaria ceremonia que tuvo lugar ese sábado en el templo anglicano, al igual que los desfiles en carroza que culminaron con la aparición del soberano y la reina en el balcón principal del palacio de Buckingham, fueron los elementos más formales y solemnes de un fin de semana repleto de actividades. El domingo, no obstante, la casa real quiso demostrar que también sabe adaptarse a los nuevos tiempos y, bajo el liderazgo del príncipe de Gales, Guillermo, puso en marcha un espectacular concierto para homenajear al monarca.
Las actuaciones de artistas tan diversos como Katy Perry y Lionel Richie hicieron las delicias del público multigeneracional que se dio cita en los alrededores del castillo de Windsor: una pequeña muestra de las sensibilidades tan dispares a las que ha de apelar la casa real para conservar su popularidad, en pleno siglo XXI, pero sin renunciar a su esencia.