
Katy Perry volvió a la Ciudad de México con un espectáculo que fue tanto una celebración como un reencuentro emocional. Bajo el cielo despejado del Estadio GNP, la californiana se paró frente a un mar de fans que coreaban cada palabra como si aún estuviéramos en pleno 2010, y por un momento, si se sintió como un viajecito en el tiempo.
Desde el arranque con Roar, fue claro que esto no sería solo un show de éxitos, sino una forma de confirmar que su pop no ha perdido potencia ni sentido. Hay algo especial en ver a un artista que marcó a toda una generación regresar con la misma energía, los mismos colores neón, pero con una madurez distinta, más cercana, más agradecida.
El setlist fue una especie de viaje de ida y vuelta: Teenage Dream sonó como un recuerdo intacto, mientras Firework cerró la noche entre lágrimas, abrazos y fuegos artificiales reales. Entre canciones, Katy habló con el público, bromeó, agradeció, pues su conexión con México siempre ha sido distinta, y se notó. Parecía feliz de estar aquí, de verdad.
Lo visual fue otra historia, como siempre, el diseño de escenografía y vestuarios fue todo un delirio pop, con guiños a lo teatral, lo absurdo y lo tierno. Una mezcla que solo ella logra hacer funcionar sin que nada se sienta fuera de lugar.
Más allá del show, lo que quedó fue una sensación de cierre y renovación. Como si Katy Perry, sin decirlo directamente, nos estuviera dando las gracias por haber crecido con ella, por seguir aquí, por no dejar que esas canciones se apagaran.Porque sí, pasaron los años, pero hay pop que no se olvida.