
Desde las Kardashian hasta cualquier chica en TikTok que te muestra su antes y después, parece que todas tienen un nuevo aliado: una jeringa. Ozempic y Mounjaro, medicamentos creados originalmente para personas con diabetes tipo 2, han dado el salto a la cultura pop como si fueran el nuevo suero de la verdad... pero para adelgazar. Pérdida de peso rápida, menos hambre, cuerpos cada vez más delgados. Todo suena demasiado bien. Y como suele pasar con las cosas que suenan demasiado bien, también tiene un lado oscuro.
Lo que parecía un gran avance en la medicina, ahora empieza a levantar muchas alertas. Porque, aunque estos fármacos pueden ser muy útiles en ciertos contextos, el uso masivo, sin control médico y con fines puramente estéticos, es una bomba de tiempo. ¿Estamos creando un nuevo tipo de adicción, pero con receta?
Vivimos en una época en la que la imagen pesa más que nunca. Literalmente. Y cuando alguien promete que puedes adelgazar sin hacer dieta ni moverte del sofá, es difícil no prestar atención. Ozempic (semaglutida) y Mounjaro (tirzepatida) nacieron para regular el azúcar en sangre, pero en los últimos dos años han aterrizado en los centros de estética, en los reels de Instagram, en los podcasts de celebridades y hasta en la conversación del grupo de WhatsApp del gimnasio.
Una búsqueda rápida en redes sociales basta para ver cientos de testimonios: “no tengo hambre”, “he bajado 10 kilos”, “me siento otra”. Pero lo que casi nadie menciona es que muchos están usando estos medicamentos sin receta, sin control médico y sin ser diabéticos. Solo por el deseo de encajar en un estándar estético.
Ambos pertenecen a una clase de medicamentos que imitan una hormona intestinal que ayuda a regular el azúcar en sangre y a retrasar el vaciado del estómago. En pocas palabras: te hacen sentir llena durante más tiempo, por lo que comes menos y adelgazas. En pacientes con obesidad o diabetes, esto puede ser una ayuda real y efectiva.
El problema llega cuando se convierten en la solución mágica para perder unos kilos antes del verano. Ya no hablamos de salud, hablamos de estética. Y esa línea es muy peligrosa. Hoy se promueven como "tratamientos de control de peso" incluso en spas y clínicas estéticas, como si fueran un facial más.
No es casualidad que muchas personas abandonen el tratamiento tras pocas semanas. Los efectos secundarios no son poca cosa: náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento, fatiga... Y eso es solo el principio. Hay casos de pancreatitis, problemas de tiroides y hasta reportes de pensamientos suicidas. ¿Te lo imaginas anunciado en una storie?
Y lo más inquietante: todavía no sabemos qué puede pasar a largo plazo cuando estos medicamentos los usa gente sin ninguna enfermedad de base. Porque no se han estudiado con ese fin. Estamos entrando en un terreno muy incierto.
Un problema aún mayor: el desabastecimiento
Sí, puede parecer algo secundario, pero no lo es. El boom estético del Ozempic y el Mounjaro ha provocado que, en muchos países, los pacientes diabéticos tengan problemas para encontrar su medicación. Y no estamos hablando de alguien que quiere verse bien en bikini, sino de personas que dependen de este fármaco para vivir. Literalmente.
Esto nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto estamos dispuestas a jugar con la salud de otras personas por un cambio estético rápido?
El rebote que nadie quiere contar
Otro gran mito es que los resultados son para siempre. Spoiler: no lo son. Al dejar de pincharse, la mayoría de las personas vuelve a ganar el peso que había perdido. ¿Por qué? Porque no se cambió la forma de comer ni la relación con la comida. Solo se “apagó” el hambre por un rato.
Y entonces aparece otro problema, aún más complejo: la dependencia emocional. Muchas personas que han adelgazado con estas inyecciones no quieren dejarlas nunca. Tienen miedo de volver a ser “la de antes”. Se crea un ciclo de ansiedad, control, frustración y culpa que suena (y mucho) a trastorno de la conducta alimentaria. Pero esta vez con bata blanca.

En un momento en el que hablábamos (por fin) de aceptación corporal y cuerpos reales, esta tendencia viene a decirnos: “sí, está bien que seas tú... pero mejor más delgada”. Y lo dice desde una supuesta autoridad médica.
En las alfombras rojas vuelve a reinar la talla XS. En las redes se celebran los cambios físicos sin contar cómo se han logrado. Y mientras tanto, miles de mujeres sienten que su cuerpo ya no es suficiente. Que hay una “solución” al alcance de la mano —o, mejor dicho, de la jeringa—. Y que, si no la usan, se están quedando atrás.
Esto no va de señalar a quien decide usar estos medicamentos con asesoramiento médico. Va de cuestionar por qué se han convertido en una especie de norma estética. Va de hablar del culto al cuerpo disfrazado de autocuidado. Y, sobre todo, de decir en voz alta lo que muchas sienten en silencio: que están cansadas de tener que cumplir con un ideal inalcanzable... ahora también con receta.
La libertad de elegir lo que hacemos con nuestro cuerpo es sagrada. Pero esa libertad solo es real si tenemos toda la información. Si el entorno no nos presiona. Si no nos sentimos menos por no inyectarnos algo que, en teoría, no necesitamos.
Ozempic y Mounjaro pueden tener su lugar en la medicina. Pero no deberían ocupar el centro del estilo de vida femenino. Ni dictar cómo se ve o se valora un cuerpo. Porque la salud —la de verdad— no se mide en kilos, ni en tallas, ni en likes. Y eso, por suerte, no necesita receta.