
Dormir no es tiempo perdido. Lejos de ser una pausa pasiva, el sueño es un proceso biológico activo y esencial, comparable en importancia a alimentarse o respirar. Sin embargo, en un mundo donde el ritmo acelerado es la norma, descansar bien se ha convertido en un desafío moderno. ¿Qué ocurre realmente en el cerebro cuando dormimos? ¿Por qué pasamos un tercio de nuestra vida dormidos? La ciencia del sueño está desentrañando respuestas que revelan mucho más que simples bostezos: está en juego nuestra memoria, salud física y bienestar emocional.
Durante décadas, el sueño fue un misterio envuelto en mitos. Hoy, gracias al avance de la neurociencia, se sabe que mientras dormimos el cerebro no descansa, sino que trabaja intensamente. Uno de los grandes descubrimientos ha sido la identificación de los ciclos del sueño, que se repiten varias veces durante la noche y constan de distintas fases: sueño ligero, sueño profundo y fase REM (Rapid Eye Movement).
En la fase profunda, el cuerpo repara tejidos, refuerza el sistema inmunológico y libera hormonas clave como la del crecimiento. En la fase REM, por su parte, el cerebro activa procesos de consolidación de la memoria, resolución de problemas y regulación emocional. De hecho, la privación de sueño REM se ha vinculado a un mayor riesgo de ansiedad, depresión y dificultades cognitivas.
La Organización Mundial de la Salud advierte que dormimos, de media, entre una y dos horas menos que hace 50 años. Las causas son múltiples: estrés laboral, uso excesivo de pantallas, horarios desorganizados, ruido urbano, entre otros factores. El resultado es una sociedad crónicamente cansada.
Los efectos de esta privación son alarmantes. Numerosos estudios científicos han relacionado la falta de sueño con un aumento del riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, obesidad e incluso ciertos tipos de cáncer. A corto plazo, también afecta la capacidad de atención, la memoria y la toma de decisiones, aumentando el riesgo de accidentes laborales o de tráfico.
“Dormir mal o poco no es simplemente estar cansado: es comprometer el equilibrio integral del organismo”, afirma la doctora Ana Romero, neurocientífica experta en cronobiología. “Estamos empezando a entender que el sueño es un pilar fundamental de la salud, tanto como la nutrición o el ejercicio físico”.
No todos necesitamos dormir exactamente ocho horas. Lo que sí compartimos es un reloj biológico que regula los momentos en los que nuestro cuerpo está preparado para dormir o estar despierto: el ritmo circadiano.
Este ciclo de unas 24 horas está sincronizado con factores externos como la luz solar. Por eso, la exposición a pantallas por la noche puede alterar el ritmo natural del cuerpo. La melatonina, conocida como la hormona del sueño, se libera con la oscuridad y señala al cuerpo que es hora de descansar. La luz azul de móviles, tablets y ordenadores interfiere en este proceso, retrasando la conciliación del sueño.
Además, estudios han demostrado que los “cronotipos” individuales influyen en nuestros hábitos de descanso: hay personas más productivas por la mañana (alondras) y otras más activas por la noche (búhos). Forzar un cronotipo puede traer consecuencias negativas a largo plazo, especialmente si se mantiene por motivos laborales o sociales.
Mientras dormimos, nuestro cerebro limpia literalmente los “residuos” que se acumulan durante el día. Un estudio publicado en Science reveló que durante el sueño profundo se activa el sistema glinfático, una red de canales que elimina proteínas tóxicas como la beta-amiloide, relacionada con enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
“La privación crónica de sueño puede impedir este proceso de limpieza, aumentando el riesgo de deterioro cognitivo a largo plazo”, explica el doctor Javier López, investigador del Instituto del Sueño. “Esto refuerza la idea de que dormir bien no solo previene enfermedades, sino que también protege la salud cerebral”.
La buena noticia es que la ciencia también ha identificado estrategias eficaces para mejorar la calidad del sueño. Algunas de las recomendaciones más sólidas incluyen:
También se están explorando tratamientos clínicos como la terapia cognitivo-conductual para el insomnio (TCC-I), que ha demostrado ser más efectiva a largo plazo que los fármacos. Esta terapia ayuda a identificar pensamientos negativos o hábitos que dificultan el descanso y a sustituirlos por rutinas más saludables.
Dormir bien ya no es un lujo, sino una necesidad fisiológica crítica para vivir más, mejor y con mayor claridad mental. Y, como afirma el neurocientífico Matthew Walker, autor del libro Por qué dormimos: “El sueño es el mayor esfuerzo de salud pública no abordado del siglo XXI”.