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Los 5 errores científicos que Hollywood repite sin pudor

Un alien que ruge en el vacío, un héroe que revive tras un “¡Clear!” dramatizado, o un detective que ordena “¡Acerca y mejora!” hasta leer la matrícula reflejada en unas gafas. El cine comercial recurre una y otra vez a licencias dramáticas que chocan con la física, la biología y la ingeniería reales. Algunos fallos son inofensivos —el público los acepta como parte del espectáculo—, pero otros perpetúan mitos que confunden sobre cómo funciona el mundo. A continuación, un repaso a los cinco deslices científicos más reincidentes de Hollywood y a la evidencia que los desmiente.

1. Ruido (y fuego) en el vacío del espacio

En Star Wars, los cazas emiten rugidos atronadores mientras se cruzan los láseres. El problema es que, fuera de las naves, no hay aire que vibre y transporte ondas sonoras. En el vacío “no se puede hablar, ni escuchar explosiones; simplemente no hay un medio que transmita el sonido”, explica la página de divulgación de la NASA. La agencia lo recalca: si los espectadores estuvieran en la cabina de Luke Skywalker, solo percibirían silencio y destellos.

Tampoco verían bolas de fuego gigantes. Las explosiones necesitan oxígeno; en órbita, una nave se desintegraría en fragmentos que seguirían trayectorias balísticas, pero sin llamarada sostenida. Algunos filmes modernos —Gravity o Interstellar— han corregido parcialmente el error usando audio amortiguado o perspectivas subjetivas dentro del casco. Sin embargo, la mayoría sigue añadiendo efectos sonoros para potenciar la emoción.

2. Cuerpos humanos que “estallan” al perder la escafandra

En Total Recall (1990), los villanos se exponen al vacío marciano y sus ojos salen disparados. La realidad es menos gore y más prosaica. Sin presión externa, los fluidos corporales se expanden; la piel y los tejidos se hinchan, pero su elasticidad impide explotar. El agua de la saliva y la sangre comenzaría a hervir —fenómeno llamado ebullición por descompresión— y la persona perdería el conocimiento en unos 15 segundos por anoxia. Estudios de la propia NASA sobre trajes presurizados confirman que la muerte llegaría por hipoxia en uno o dos minutos, no por una explosión instantánea.

La escena de 2001: Odisea del espacio es más rigurosa: el astronauta Dave Bowman cruza una esclusa sin casco y apenas sufre sangrado nasal antes de volver a presurizar. Kubrick consultó con ingenieros aeroespaciales para lograr una secuencia anticlímax… que décadas después sigue pareciendo “poco cinematográfica” a los grandes estudios.

3. El desfibrilador como varita mágica para el “flatline”

Pocos clichés son tan persistentes como el pitido plano de monitor, seguido del choque eléctrico milagroso. En series como House M.D. o ER se ha mostrado cientos de veces, aunque las guías avanzadas de soporte vital aclaran que la descarga solo sirve para ritmos “desfibrilables” (fibrilación ventricular o taquicardia ventricular sin pulso). En asístole —la línea recta— no hay actividad eléctrica que “reiniciar” y la prioridad es la reanimación con compresiones y adrenalina. Así lo establece el algoritmo de la American Heart Association.

¿Por qué Hollywood insiste? Dramáticamente es más visual mostrar palas y chispas que dos minutos de RCP. El inconveniente es que mucha gente cree que un desfibrilador automático puede “sacar” a cualquiera de una parada, cuando, en realidad, la mitad de los casos presentan ritmos no desfibrilables.

4. Mutaciones instantáneas y superpoderes por radiación

Spider-Man obtiene habilidades arácnidas tras la mordedura de una araña irradiada; los X-Men despiertan genes extraordinarios gracias a la energía atómica. La ciencia cuenta otra historia: la radiación ionizante daña el ADN de modo estocástico; la mayoría de las mutaciones son letales para la célula o neutras. Para que una alteración confiera una ventaja evolutiva y se manifieste en tejidos complejos harían falta millones de años de selección natural, no unos segundos.

Las dosis capaces de cambiar varios genes a la vez causarían primero Náuseas, vómitos y síndrome de radiación aguda, según el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU. En Chernóbil, los trabajadores que recibieron entre 0,8 y 16 Gy sufrieron daños multiorgánicos y 28 murieron en tres meses. Nada de telépatas ni garras de adamantium: la verdadera radiación produce quemaduras, cataratas y cáncer a largo plazo.

Para colmo, la genética actual demuestra que “un solo gen, un solo rasgo” es excepcional. Rasgos complejos —fuerza, agilidad, visión nocturna— dependen de redes de cientos de genes y de su interacción con el entorno. Así que la probabilidad de que un rayo gamma otorgue superpoderes útiles y viables es prácticamente nula.

5. El mito del “zoom & enhance” sin límite

Desde Blade Runner hasta CSI, los protagonistas amplían imágenes pixeladas hasta leer un número de serie grabado en una cuchara. El tropo ignora la física de la formación de imagen: la resolución máxima viene determinada por la densidad de píxeles (en cámaras digitales) o por el grano químico (en película). Una vez capturados los datos, no se puede inventar detalle que no exista.

Estudios de la Sociedad Internacional de Óptica (SPIE) desmontan el proceso: al “acercar” se hace interpolación, es decir, se calcula la media entre píxeles para llenar huecos, pero no aparecen nuevos rasgos. La inteligencia artificial puede recuperar bordes o texturas plausibles —por eso las apps de upscale sorprenden—, pero lo hace “adivinando” a partir de patrones, no porque la información estuviera escondida. En tribunales forenses, esas reconstrucciones no se aceptan como prueba concluyente.

La brecha entre la narrativa de acción y la realidad científica persiste porque los guiones anteponen ritmo y espectacularidad a la exactitud. Aun así, cuando un film corrige un error —el silencio exterior de Gravity, la mecánica orbital de The Martian— obtiene elogios y credibilidad extra sin renunciar al entretenimiento. Quizá la próxima vez que escuchemos un cañonazo sideral o veamos un “¡Enchúfale 300 julios!” a un paciente en línea plana, recordemos que, fuera de la pantalla, la física y la biología siguen su propio guion… y rara vez conceden efectos especiales.

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