
Marc Márquez lo ha vuelto a hacer. El piloto de Cervera conquistó este domingo en el Gran Premio de Japón su séptimo título en MotoGP y noveno en total, cerrando una temporada de ensueño y sellando uno de los regresos más épicos que se recuerdan en la historia del motociclismo.
El podio de Motegi fue suficiente: segundo puesto para el español, victoria para Bagnaia y un sexto lugar de su hermano Álex que selló matemáticamente el campeonato. En territorio Honda, la marca que fue su casa y también su condena en los últimos años, Márquez escribió la página más simbólica de su carrera.
Desde la primera carrera del año en Tailandia, Márquez dejó claro que no había llegado a Ducati para adaptarse, sino para ganar. Pole, sprint y carrera larga: triplete perfecto. A partir de ahí, una racha imponente, con triunfos en Hungría, Brno y Misano, además de podios constantes que cimentaron una ventaja insalvable.
El camino, sin embargo, no estuvo exento de sobresaltos. Caídas en Jerez o Austin, un error en la sprint de Misano y la presión constante del público y la crítica. Pero la respuesta fue siempre la misma: volver más fuerte al día siguiente. Esa mezcla de talento, temple y ambición terminó marcando la diferencia frente a sus rivales.
El campeonato de 2025 no se entiende sin recordar el vía crucis que vivió en Honda. Desde aquella fractura de húmero en Jerez 2020, la trayectoria de Márquez entró en una espiral de lesiones, operaciones y una moto cada vez menos competitiva.
La salida en 2023 fue un salto al vacío. Rechazó contratos millonarios y decidió apostar por un futuro incierto en Gresini, donde con una Ducati satélite recuperó sensaciones y confianza. Ese paso intermedio lo catapultó al equipo oficial Ducati, donde este año ha encontrado el binomio perfecto entre piloto y máquina. “Fue la decisión más difícil de mi vida, pero también la correcta”, confesó tras proclamarse campeón. El tiempo le ha dado la razón.
El guion parecía escrito. Márquez llegaba a Motegi con bola de partido: le bastaba con sumar más puntos que su hermano Álex. Lo logró con la sangre fría que le caracteriza: segundo en la sprint y segundo en la carrera principal, siempre sólido, siempre calculador.
Cuando cruzó la línea de meta, Ducati explotó de alegría. El equipo celebró a lo grande y Márquez, con la emoción a flor de piel, dedicó gestos a su familia, al público y a todo un paddock que lo vio renacer. En el templo japonés, frente a la afición de Honda, cerró el círculo.
El séptimo campeonato de Márquez en MotoGP no es uno más. Es la validación de un piloto que se negó a rendirse, que supo rehacerse tras la adversidad y que eligió el camino difícil cuando lo tenía todo perdido.
Hoy, con nueve títulos mundiales, vuelve a compartir mesa con las leyendas, y lo hace tras demostrar que ni las lesiones, ni las caídas, ni las decisiones más arriesgadas pudieron con él. Marc Márquez está de vuelta. Y lo ha hecho a lo grande.