
Durante la jornada 9 de LaLiga EA Sports 2025-26, algo inusual ocurrió sobre los céspedes de España. Cuando el árbitro dio el pitido inicial, los jugadores permanecieron quietos. No corrieron, no tocaron el balón. Durante diez segundos, el fútbol se detuvo. Era un gesto breve pero cargado de significado: una protesta simbólica de los futbolistas contra la decisión de LaLiga de llevar el partido Barcelona-Villarreal a Miami el próximo diciembre. Sin embargo, millones de espectadores nunca vieron ese gesto. Las cámaras, curiosamente, no estaban allí.
La protesta había sido cuidadosamente coordinada por la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE) y los capitanes de los veinte equipos de Primera División. La instrucción era clara: una pausa al comienzo de cada partido de la jornada, sin gestos bruscos ni alteraciones. Una forma de decir “estamos aquí, pero no somos escuchados”.
Pero cuando el balón debía permanecer inmóvil, las cámaras de televisión, que controlan la señal oficial de LaLiga, mostraban planos generales, repeticiones de calentamientos o directamente esperaban a que la pelota empezara a rodar. El resultado: el paro, que debía verse en directo en todo el mundo, quedó invisible.
Lo que pretendía ser una imagen potente, un acto de unión del colectivo de futbolistas, se perdió en el vacío televisivo. Solo los aficionados presentes en los estadios, atentos al detalle, captaron lo que estaba sucediendo. En el Carlos Tartiere, en el Metropolitano o en el Camp Nou Olímpico, se oyeron aplausos. En televisión, nada.
El detonante de esta protesta es el llamado “Plan Miami”, impulsado por el presidente de LaLiga, Javier Tebas, para expandir la marca del fútbol español en el mercado estadounidense. El proyecto prevé que el partido Barcelona-Villarreal, correspondiente a la jornada 17, se dispute el 20 de diciembre de 2025 en el Hard Rock Stadium de Florida.
Para la patronal, se trata de una oportunidad comercial histórica. Para los jugadores, es una decisión tomada sin diálogo, sin transparencia y sin tener en cuenta su bienestar físico ni la integridad del campeonato.
El desplazamiento transatlántico, el cambio de huso horario y la alteración del calendario competitivo son algunas de las principales quejas. Pero lo que más ha molestado al colectivo es el fondo de la cuestión: que se haya decidido sin contar con ellos.
LaLiga gestiona la señal televisiva internacional de todos sus encuentros, lo que significa que controla por completo lo que se emite en cada retransmisión. Y esa potestad se utilizó, según denuncian los jugadores, para evitar mostrar la protesta. Fuentes cercanas a la AFE confirmaron que la asociación había comunicado a la Liga el formato del paro con antelación, para garantizar que no se interpretara como una interrupción del juego ni como una falta de respeto al público. Aun así, la señal oficial retrasó el inicio de las imágenes en directo hasta que la pelota ya había comenzado a moverse.
El gesto tenía un sentido doble: protestar y demostrar unidad. En una liga marcada por diferencias entre clubes grandes y pequeños, entre estrellas y canteranos, la acción conjunta era una rareza. Pero su invisibilización dejó un sabor amargo. Lo que más preocupa al sindicato de jugadores no es solo el partido de Miami, sino el precedente que sienta este episodio: la posibilidad de que una reivindicación pacífica, legítima y laboral pueda ser censurada por quienes controlan las cámaras.
Javier Tebas ha defendido públicamente que el partido en Miami “no adulterará la competición” y que “forma parte del crecimiento natural de LaLiga como producto global”. En cambio, la AFE considera que la globalización no puede ir por delante de la integridad deportiva ni del derecho de los futbolistas a ser escuchados.
En una nota oficial, la asociación recordó que “el fútbol no es solo negocio, también es cultura, esfuerzo y personas”. El pulso entre ambas partes continúa, aunque ninguna busca un enfrentamiento directo. Por ahora, el paro fue solo un aviso, un gesto silencioso que pretendía abrir un espacio de diálogo. Pero la respuesta —o más bien, la falta de visibilidad del gesto— podría endurecer las posturas.
Más allá de los diez segundos que la televisión no mostró, el debate que se abre es profundo. El fútbol moderno, cada vez más global y comercial, se encuentra en una tensión constante entre el espectáculo y sus protagonistas.
Los jugadores son el corazón del juego, pero con frecuencia quedan relegados a simples piezas dentro de un engranaje mediático y financiero que decide por ellos.
La polémica por el partido de LaLiga en Miami ha reavivado inevitablemente el debate sobre la Supercopa de España, una competición que ya marcó un precedente en este tipo de decisiones comerciales. Desde 2020, la Supercopa se disputa en Arabia Saudí, una elección que en su momento fue presentada como una estrategia de internacionalización, pero que terminó generando fuertes críticas por parte de aficionados, jugadores y organizaciones de derechos humanos.
En aquel entonces, la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) justificó el traslado a Arabia como una oportunidad para “dar proyección global al fútbol español” y “aumentar los ingresos de los clubes”. Sin embargo, la medida fue recibida con escepticismo: muchos señalaron que, aunque las arcas se llenaban, las gradas se vaciaban de identidad. El público español perdió el acceso a una competición histórica que, tradicionalmente, abría la temporada en su propio país. Lo que antes era una fiesta deportiva en ciudades como Madrid, Sevilla o Valencia, se convirtió en un evento exclusivo, pensado para el consumo televisivo y alejado del hincha de siempre.
Hoy, con el intento de llevar un partido oficial de LaLiga a Miami, los jugadores y aficionados temen que se repita la misma historia. El paralelismo es claro: en ambos casos, la economía se impone sobre el sentimiento, y el fútbol español da pasos hacia una globalización que muchos perciben como una pérdida de autenticidad. Si la Supercopa fue el primer experimento exitoso de “exportación del fútbol nacional”, el duelo entre Barcelona y Villarreal en Estados Unidos podría consolidar la tendencia: un campeonato que ya no pertenece tanto a su gente, sino al mercado global.
El precedente saudí demostró que, una vez abierta la puerta del negocio exterior, resulta difícil cerrarla. Por eso, tanto la protesta silenciosa de los jugadores como el malestar de los aficionados no se dirigen solo contra un partido concreto, sino contra una deriva que amenaza con transformar el fútbol en un espectáculo desarraigado, más cercano a una marca global que a una pasión compartida. En ese sentido, el eco de la Supercopa resuena en cada crítica al “partido de Miami”: un recordatorio de que el fútbol puede cruzar fronteras sin perder su alma… pero solo si quienes lo hacen posible —jugadores y aficionados— siguen teniendo voz.