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Cómo la microbiota intestinal puede transformar tu salud mental

Durante décadas, la salud mental se ha estudiado desde una perspectiva neurológica o psicológica, centrando la atención en el cerebro como único protagonista. Sin embargo, la ciencia moderna está descubriendo un nuevo actor que, aunque silencioso, desempeña un papel fundamental en nuestro bienestar emocional: la microbiota intestinal. Este complejo ecosistema de bacterias, virus y hongos que habita en el intestino no solo interviene en la digestión, sino que también influye en el estado de ánimo, el estrés, la ansiedad y la depresión.

A día de hoy, investigadores de todo el mundo hablan del “eje intestino-cerebro”, una vía de comunicación bidireccional que conecta las neuronas del intestino con las del cerebro. Y lo que ocurre en una parte de este eje puede repercutir directamente en la otra. ¿Podría el secreto de nuestra felicidad —o al menos de nuestra estabilidad emocional— estar en el intestino? La ciencia dice que sí, o al menos que es una pieza clave en el rompecabezas.

Un ecosistema microscópico con poder macroscópico

La microbiota intestinal, a menudo llamada “flora intestinal”, está compuesta por billones de microorganismos que conviven en equilibrio dentro del aparato digestivo. Este conjunto de bacterias beneficiosas participa en la digestión de los alimentos, la absorción de nutrientes, la producción de vitaminas y la regulación del sistema inmunológico.

Pero su influencia no se queda ahí. Diversos estudios han demostrado que las bacterias intestinales fabrican neurotransmisores como la serotonina, la dopamina o el ácido gamma-aminobutírico (GABA), los mismos compuestos químicos que regulan el ánimo y las emociones en el cerebro. De hecho, alrededor del 90 % de la serotonina del cuerpo se produce en el intestino, no en el cerebro.

Esta conexión explica por qué los desequilibrios intestinales —causados por el estrés, la mala alimentación o los antibióticos— pueden provocar síntomas emocionales, desde irritabilidad y ansiedad hasta episodios depresivos. En palabras de la neurogastroenteróloga Emeran Mayer, autora del libro The Mind-Gut Connection, “nuestro intestino no solo digiere la comida, también procesa nuestras emociones”.

El eje intestino-cerebro: una autopista de comunicación

La relación entre intestino y cerebro se sostiene a través del llamado eje intestino-cerebro, una red de comunicación en la que intervienen el sistema nervioso entérico, el nervio vago, el sistema inmunitario y las hormonas.

El nervio vago, una especie de autopista neuronal, conecta directamente ambos órganos, permitiendo que los mensajes viajen en ambas direcciones. Cuando la microbiota se encuentra en equilibrio, envía señales que promueven la calma y la estabilidad emocional. En cambio, cuando está alterada —lo que los científicos denominan “disbiosis”—, el intestino puede generar inflamación sistémica y señales de estrés que repercuten en el cerebro.

Investigaciones recientes de la Universidad de Harvard y del Instituto Pasteur han confirmado que las personas con ansiedad o depresión presentan una composición diferente de microbiota respecto a las que no padecen estos trastornos. Algunas bacterias beneficiosas, como Lactobacillus o Bifidobacterium, suelen estar disminuidas, mientras que otras proinflamatorias tienden a proliferar. Este desequilibrio puede alterar la producción de neurotransmisores y aumentar la vulnerabilidad al estrés.

La dieta, el gran modulador del ánimo

La alimentación es uno de los factores más determinantes para mantener una microbiota equilibrada. Los alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares refinados y grasas saturadas, reducen la diversidad bacteriana, mientras que las dietas basadas en fibra, frutas, verduras, legumbres y alimentos fermentados la fortalecen.

El llamado “patrón de dieta mediterránea” —abundante en vegetales, aceite de oliva, cereales integrales y pescado— ha mostrado efectos positivos tanto en la salud intestinal como en la mental. Un estudio de la Universidad de Deakin, en Australia, demostró que seguir este tipo de dieta durante tres meses redujo significativamente los síntomas de depresión en adultos jóvenes.

Además, los probióticos (bacterias vivas que benefician la salud) y los prebióticos (fibras que alimentan esas bacterias) se han convertido en aliados prometedores. Según un ensayo clínico publicado en Translational Psychiatry, los suplementos de Lactobacillus helveticus y Bifidobacterium longum disminuyeron los niveles de cortisol —la hormona del estrés— y mejoraron el estado de ánimo de los participantes.

Más allá de la alimentación: estrés, sueño y antibióticos

No solo lo que comemos moldea la microbiota. El estrés crónico, la falta de sueño y el uso excesivo de antibióticos también la alteran profundamente. Cuando vivimos en un estado de tensión constante, el cuerpo libera cortisol y adrenalina, hormonas que pueden modificar la motilidad intestinal y alterar el equilibrio bacteriano.

Por otro lado, los antibióticos, aunque imprescindibles en medicina, destruyen tanto bacterias dañinas como beneficiosas, dejando el intestino vulnerable. Tras un tratamiento prolongado, la microbiota puede tardar hasta seis meses en recuperarse. En este sentido, los especialistas recomiendan acompañar los tratamientos con una alimentación rica en fibra y probióticos naturales, como el yogur o el kéfir.

El sueño, por su parte, es otro modulador clave. Dormir menos de siete horas altera los ritmos circadianos del intestino y reduce la diversidad microbiana. Estudios de la Universidad de Wisconsin han revelado que una microbiota sana favorece un sueño más reparador, en un ciclo de retroalimentación constante entre descanso y bienestar digestivo.

La medicina del futuro: psicobióticos y salud mental

La investigación en torno a los llamados psicobióticos —probióticos que mejoran la salud mental— está abriendo una nueva frontera en la medicina. Aunque todavía se encuentra en fases iniciales, los resultados son esperanzadores: algunos ensayos clínicos muestran que ciertas cepas bacterianas podrían reducir síntomas de ansiedad o depresión leve sin los efectos secundarios de los fármacos tradicionales.

Los científicos también exploran la posibilidad de diseñar dietas personalizadas según la microbiota de cada individuo, lo que podría revolucionar los tratamientos de salud mental. En el futuro, un análisis de las bacterias intestinales podría convertirse en una herramienta diagnóstica para predecir la predisposición a trastornos emocionales.

Una dieta equilibrada, descanso suficiente, manejo del estrés y un uso responsable de los antibióticos son pilares esenciales para mantener ese ecosistema en armonía. En palabras del neurocientífico John Cryan, uno de los mayores expertos en el eje intestino-cerebro, “si alimentamos bien a nuestras bacterias, ellas cuidarán de nosotros”.

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