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Los volcanes más activos del mundo

La Tierra es un cuerpo dinámico que, bajo su aparente calma, guarda una formidable actividad volcánica. Entre los cerca de 1.350 volcanes con potencial activo en el mundo, unos pocos destacan por su persistencia, frecuencia eruptiva o capacidad de impacto humano, convirtiéndose en verdaderos “puntos calientes” del sistema geo­sísmico.

¿Por qué algunos volcanes “no paran”?

La actividad volcánica depende en gran medida de tres factores: la fuente magmática, la dinámica de las placas tectónicas y la composición del magma. En zonas como el denominado “Cinturón de Fuego” del Pacífico, la subducción de placas oceánicas bajo otras continentales genera una fuente constante de magma que alimenta numerosos volcanes.
Cuando el magma es más fluido, por ejemplo, rico en basalto como en el caso de Kīlauea, en Hawái, la emisión puede ser continua o en largas fases, favoreciendo el calificativo de “muy activo”. En otros casos, como para el volcán Sakurajima en Japón, las erupciones tienden a ser explosivas pero repetidas: el volumen de magma se acumula y libera con frecuencia, lo que obliga a una vigilancia constante.
Así, detrás de “actividad” hay tanto una predisposición geológica como un conjunto de condiciones que favorecen que el volcán “se mueva” más a menudo o de forma más perceptible.

Principales riesgos para las sociedades

La naturaleza de un volcán activo puede implicar distintos tipos de peligro:

  • Flujos piroclásticos, avalanchas de lodo y coladas de lava, que se desplazan a gran velocidad y pueden arrasar poblaciones en las laderas. Por ejemplo, volcanes como Merapi, en Indonesia, han generado estos fenómenos con regularidad.
  • Caída de cenizas y emisión de gases, con efectos sobre la salud, los cultivos, el agua y el transporte aéreo. El volcán Kīlauea lo ejemplifica con emisiones de “vog” (smog volcánico).
  • Alteraciones climáticas y agrícolas a escala global, cuando las erupciones son lo suficientemente grandes como para inyectar ceniza o dióxido de azufre a la estratosfera.
  • Amenazas indirectas, como tsunamis generados por colapsos volcánicos o glaciares volcánicos que se liberan súbitamente, tal y como ocurre con volcanes en regiones polares o subglaciales. El hecho de que un volcán esté “muy activo” implica un mayor número de episodios de este tipo, lo que incrementa la exposición del entorno humano y ambiental al riesgo.

Cómo se monitoriza la ira de la Tierra

La vigilancia volcánica ha avanzado enormemente en los últimos años gracias a una combinación de sensores terrestres, satélites y sistemas de análisis de datos. Algunos de los métodos clave son:

  • Sismómetros, que registran terremotos y temblores asociados al movimiento del magma o de fluidos en el sistema volcánico.
  • Medición de deformación del terreno, mediante estaciones GPS o radar orbital (InSAR), que pueden detectar hinchamientos de la montaña volcánica y anticipar una erupción.
  • Monitorización de gases, como dióxido de azufre o dióxido de carbono, que se escapan del magma y pueden indicar ascenso o desgasificación del sistema.
  • Imágenes satelitales y termografía, que permiten observar cambios térmicos o la aparición de nuevas grietas o fisuras en zonas remotas o inaccesibles.
  • Modelos de riesgo y sistemas de alerta temprana, que combinan múltiples fuentes de datos para estimar probabilidad de erupción y comunicar avisos a la población.  Este conjunto de permite que volcanes históricamente “silenciosos” sean estudiados, y que los más activos sean vigilados con especial rigor.

Casos paradigmáticos

Si bien existen decenas de volcanes con actividad frecuente, aquí destacan algunos por su persistente comportamiento:

  • Kīlauea (Hawái, EE.UU.): considerado unos de los más activos del mundo, ha estado en erupción continua o casi desde la década de 1980.
  • Sakurajima (Japón): con hasta 100‑200 explosiones al año, amenaza directa sobre la ciudad de Kagoshima y ejemplo de vulcanismo casi diario.
  • Merapi (Indonesia): símbolo del vulcanismo peligroso por su frecuencia y su población cercana.
  • Volcanes aislados como el Mount Cleveland en Alaska, poco habitados, pero con alto riesgo para la aviación, demuestran que el concepto de “vulcano activo” no sólo afecta a zonas pobladas.
    Estos casos sirven como referencia para comprender cómo diferentes entornos y estilos eruptivos requieren diferentes estrategias de gestión de riesgos.

Hacia dónde va la vigilancia volcánica

Los retos que afronta la vulcanología actual son muchos: cubrir zonas remotas, integrar grandes volúmenes de datos, anticipar erupciones de bajo nivel de aviso y comunicar adecuadamente los riesgos a poblaciones diversas. Estudios recientes apuntan a que muchos volcanes de alto riesgo siguen “mal monitorizados”.
La nueva generación de instrumentos y algoritmos promete mejoras sustantivas. Un ejemplo es la base de datos “Hephaestus Minicubes”, que ofrece información global integrada para 44 volcanes muy activos.
Sin embargo, la tecnología no es suficiente sin políticas de prevención, planificación territorial y educación comunitaria: una erupción no anunciada, o anunciada pero mal gestionada, puede convertirse en desastre.

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