
Durante años se pensó que la menor presencia de mujeres en las carreras STEM respondía a una cuestión de preferencias personales. Sin embargo, la investigación científica ha desmontado esta idea de forma contundente. La brecha de género no surge cuando se elige una carrera universitaria, sino mucho antes, en las primeras etapas del desarrollo educativo y social.
Estudios en psicología y educación muestran que desde edades tempranas niñas y niños reciben mensajes distintos sobre sus capacidades. Mientras a ellos se les asocia con el razonamiento lógico, la tecnología o la resolución de problemas, a ellas se les refuerzan habilidades vinculadas al cuidado, la comunicación o la empatía. Estas expectativas, muchas veces inconscientes, influyen en la autopercepción y en la confianza para enfrentarse a disciplinas consideradas “difíciles”.
A medida que avanza la escolarización, la brecha se amplía. Aunque el rendimiento académico de las niñas en matemáticas y ciencias es similar, e incluso superior en algunos casos, su percepción de competencia suele ser menor. La ciencia educativa ha demostrado que este fenómeno no responde a diferencias cognitivas, sino a factores sociales y culturales que moldean la relación con el error, el riesgo y la autoexigencia.
En la educación superior, la brecha se hace visible en determinadas áreas. Las mujeres están bien representadas en ciencias de la salud o biología, pero su presencia disminuye de forma notable en ingenierías, física, matemáticas o tecnología. Este patrón se repite de manera consistente y ha sido ampliamente documentado por la comunidad científica.
Uno de los factores clave es la falta de referentes. La escasa visibilidad de mujeres científicas en libros, medios y espacios académicos refuerza la idea de que el éxito en STEM sigue teniendo un rostro masculino. La ausencia de modelos cercanos limita la identificación y reduce la sensación de pertenencia a estos entornos.
El problema no termina con el acceso a la carrera. Numerosos estudios señalan que muchas mujeres abandonan el ámbito STEM en etapas posteriores debido a entornos laborales poco inclusivos, falta de oportunidades de liderazgo y sesgos persistentes en la evaluación del talento. La llamada “tubería con fugas” describe cómo el número de mujeres disminuye a medida que se avanza hacia puestos de mayor responsabilidad científica o tecnológica.
La evidencia también muestra que esta pérdida de talento tiene un impacto directo en la ciencia. Equipos homogéneos tienden a generar soluciones menos diversas y a reproducir sesgos en el diseño de tecnologías, investigaciones y productos. La brecha de género no es solo una cuestión de equidad, sino de calidad científica.
La investigación actual coincide en que reducir la brecha de género en STEM requiere intervenciones tempranas y sostenidas. Fomentar el interés por la ciencia desde la infancia, eliminar estereotipos en el aula y ofrecer referentes diversos son estrategias con efectos demostrados. La clave está en crear entornos donde niñas y jóvenes puedan explorar la ciencia sin sentirse excepciones. También es fundamental transformar los espacios académicos y laborales. La promoción de mentorías, la revisión de criterios de evaluación y la conciliación entre vida personal y carrera científica son medidas respaldadas por la evidencia. La ciencia progresa mejor cuando se construye desde la diversidad de miradas y experiencias.
El futuro tecnológico y científico dependerá de la capacidad de atraer y retener talento diverso. En un contexto marcado por desafíos globales como el cambio climático, la salud pública o la inteligencia artificial, excluir a una parte de la población supone una pérdida difícil de justificar. La brecha de género en STEM no es un fenómeno inevitable ni natural. Es el resultado de decisiones acumuladas y estructuras que pueden modificarse. La ciencia, que ha sido capaz de explicar el origen del universo o descifrar el genoma humano, también tiene las herramientas para corregir esta desigualdad.