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¿Por qué tenemos que hablar de dinero? Cómo dejar de temerle a la cuenta bancaria y empezar a tomar el control

La ansiedad financiera no siempre tiene que ver con cuánto ganamos, sino con cómo nos relacionamos con lo que tenemos. Aprender a mirar el saldo sin miedo también es una forma de autocuidado.

Hay un gesto que muchas repetimos casi sin darnos cuenta. Abrimos la aplicación del banco, miramos el saldo unos segundos y la cerramos con una mezcla de tensión y culpa. A veces ni siquiera llegamos a entrar. Postergamos ese momento como si ignorarlo pudiera cambiar la cifra. El dinero, lejos de ser una herramienta neutra, se convierte en una fuente silenciosa de ansiedad.

No importa si estamos empezando nuestra vida laboral o si llevamos años trabajando. El miedo a no tener suficiente, a gastar de más, a no entender lo que significa invertir o ahorrar, aparece con frecuencia en conversaciones entre amigas. Se habla de viajes, de relaciones, de trabajo, pero cuando el tema es el dinero, el tono cambia. Se baja la voz o se disfraza con humor. La relación con el dinero no es solo matemática. Está cargada de educación, experiencias familiares, expectativas sociales y, en muchos casos, inseguridades heredadas. Mejorarla no significa volverse experta en finanzas de la noche a la mañana, sino aprender a mirarlo de frente sin que nos paralice.

El miedo a perder y a no saber

El temor más común no es tanto gastar como perder. Perder estabilidad, oportunidades, independencia. Esa sensación de que un error puede tener consecuencias desproporcionadas. Para muchas mujeres, el dinero ha estado históricamente vinculado a la seguridad. Tenerlo es sinónimo de autonomía, pero gestionarlo mal puede generar una culpa intensa.

También existe el miedo a no saber lo suficiente. Durante años, las conversaciones sobre inversión, bolsa o planificación financiera se han presentado como territorios técnicos, incluso excluyentes. Aunque esa narrativa está cambiando, todavía hay mujeres que sienten que deberían entender más, que llegan tarde a una conversación que otros parecen dominar desde siempre. Esa inseguridad lleva, en ocasiones, a delegar decisiones importantes o a evitarlas por completo.

Organizar el dinero puede resultar abrumador. No por la complejidad real, sino por la carga emocional que arrastra. Revisar gastos, planificar ahorros o pensar en el futuro activa preguntas incómodas sobre prioridades, renuncias y metas que quizá no están tan claras. A veces preferimos no mirar para no enfrentarnos a la sensación de desorden.

Sin embargo, el miedo no siempre guarda relación directa con la cantidad de ingresos. Hay personas con sueldos estables que viven con angustia constante y otras con ingresos variables que han aprendido a convivir con la incertidumbre de forma más serena. La diferencia suele estar en el vínculo que han construido con el dinero, no solo en la cifra que aparece en su cuenta.

¿A quién afecta más y por qué?

La ansiedad financiera no distingue género, pero sí se manifiesta de manera distinta. Las mujeres, incluso con niveles de ingresos similares a los de los hombres, tienden a sentirse menos seguras al tomar decisiones económicas. La brecha salarial, las interrupciones laborales por cuidados y una educación financiera históricamente desigual influyen en esa percepción.

En generaciones jóvenes, el contexto añade una capa extra. Quienes hoy rondan los treinta han crecido entre crisis económicas, precariedad laboral y un discurso constante sobre la inestabilidad. Comprar una vivienda, ahorrar para la jubilación o incluso planificar a largo plazo puede parecer un ejercicio casi utópico. Esa sensación de que el futuro es incierto refuerza la tendencia a vivir el dinero como algo frágil.

En edades más maduras, el miedo suele adoptar otra forma. Se transforma en preocupación por el retiro, por la dependencia económica o por decisiones pasadas que quizá no fueron las más acertadas. No es raro que mujeres que han priorizado la familia o el cuidado de otros se enfrenten, años después, a una realidad financiera menos sólida de lo que desearían.

Los hombres también experimentan presión, especialmente en entornos donde se espera que sean los principales proveedores. Sin embargo, socialmente han sido alentados a asumir riesgos financieros con mayor naturalidad. A las mujeres, en cambio, se nos ha educado muchas veces en la prudencia extrema. Esa diferencia de enfoque puede traducirse en oportunidades perdidas, pero también en un exceso de cautela que alimenta la inseguridad.

Crear hábitos que cambien la narrativa

Perderle el miedo al dinero no es cuestión de fuerza de voluntad, sino de método. Y el método empieza por asumir que las finanzas forman parte de la vida cotidiana, no de una categoría ajena o intimidante. El primer paso es establecer una cita fija con tus números. Una vez a la semana o al mes, pero siempre el mismo día. No se trata de obsesionarse, sino de convertir la revisión en un gesto rutinario, casi automático. Abrir la cuenta, comprobar ingresos y gastos, detectar patrones. Cuando esta práctica se normaliza, el saldo deja de ser una sorpresa y pasa a ser información.

Después viene algo más concreto: saber exactamente en qué se va el dinero. No de forma punitiva, sino descriptiva. Anotar durante un par de meses cada gasto, desde el alquiler hasta el café diario, permite identificar hábitos invisibles. Muchas veces el desorden no está en los grandes pagos, sino en la suma de pequeñas decisiones impulsivas. Tener esa fotografía real facilita ajustar sin dramatismo.

Otro movimiento esencial es separar objetivos. No todo el ahorro tiene el mismo propósito. Crear una cuenta o apartado específico para emergencias, otro para viajes o proyectos personales y otro para metas a largo plazo ayuda a visualizar el avance. Esa división transforma el ahorro en algo tangible. Ya no es una cifra abstracta que crece lentamente, sino un plan que se construye.

Formarse también es una acción concreta. No hace falta convertirse en experta en mercados financieros, pero sí entender conceptos básicos como inflación, interés compuesto o tipos de inversión. Elegir una fuente fiable y dedicar un tiempo semanal a aprender genera una sensación de competencia que impacta directamente en la seguridad personal. Cuanto más sabemos, menos dependemos de decisiones ajenas.

Automatizar todo lo posible

Además, conviene automatizar todo lo posible. Programar transferencias automáticas hacia el ahorro, domiciliar pagos para evitar olvidos, establecer límites en determinadas partidas. La automatización reduce el margen de error y evita que cada decisión financiera dependa del estado de ánimo del momento.

Hay un hábito menos visible, pero igual de importante, que tiene que ver con la narrativa interna. Sustituir pensamientos como “soy mala con el dinero” por otros más realistas cambia el enfoque. La relación financiera no es un rasgo fijo de la personalidad. Es una habilidad que se aprende y se mejora. Reconocer avances, por pequeños que sean, refuerza esa percepción.

Finalmente, hablar de dinero con naturalidad. Preguntar, compartir dudas, contrastar experiencias. La transparencia rompe el aislamiento y permite construir referentes. Muchas mujeres han empezado a liderar conversaciones sobre inversión, emprendimiento o planificación financiera. Escucharlas amplía horizontes y desmonta la idea de que este ámbito nos es ajeno.

Estos hábitos no eliminan la incertidumbre económica del mundo exterior, pero sí construyen una base más sólida desde la que afrontarla. Y esa base cambia radicalmente la relación emocional con el dinero. En un momento en el que hablamos tanto de autocuidado, quizá ha llegado el momento de incluir las finanzas en esa conversación. No desde la obsesión ni la autoexigencia, sino desde la responsabilidad tranquila.

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